En el Blog "El Batiscafo" de Javier Martinez, encontré el post que les copio.
Me ayudo a entender como es posible que nuestra manera de hacer "Política" este donde esta hoy...
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En medio de la crisis producida por el descubrimiento del corrupto e indiscriminado reparto de fondos, orientados originalmente a promover proyectos deportivos, y que terminaron en oscuras empresas, me llama especialmente la atención las declaraciones de uno de los principales implicados: "soy militante del PPD y pienso como PPD. Por eso no dudé en hacer lo que hice" (o algo así).
A primera vista, parece un imbécil más utilizado por la maquinaria de turno. Sin embargo, hay algo que me invita a darle un par de vueltas más al asunto. Algo que va más allá de las convicciones de algunos en cuanto a que este tipo de personajes son producto de un cierto estilo de hacer política que va a terminar por pudrir las prácticas vinculadas a la cosa pública y, ciertamente, más allá de aquellas interpretaciones que minimizan la crisis señalando que lo ocurrido se debería a la fatal ocurrencia de algunos simples errores.
A mí lo que me sorprende es el fenómeno de la obediencia militante, de la obediencia fanática; la que resigna cualquier autonomía de pensamiento para reducirse en la mera ejecución de la consigna.
Y no se trata sólo del caso de algunos descerebrados, ya que los ejemplos históricos abundan: ¿Cómo es posible que personas aparentemente sanas y con estructuras morales tipo, terminen ideando originales medios de ejecución masiva, torturando o, simplemente, asignando ilegalmente fondos a los amigos del partido?
Stanley Milgram, un investigador de la Universidad de Yale, se hizo una pregunta parecida que lo condujo a realizar un famoso experimento, con resultados más bien estremecedores.
El experimento de Milgram consistía en asignarles a algunos voluntarios la misión de provocar en otros supuestos voluntarios una descarga eléctrica cada vez que estos supuestos voluntarios “pasivos” contestaran mal alguna de las numerosas preguntas provenientes de una gran batería de pruebas. Digo supuestos voluntarios, porque en realidad los voluntarios pasivos eran actores que formaban parte de la trama ideada por Milgram.
La idea era medir las reacciones de personas sanas y normales, puestas en el trance de provocarle dolor a otros, concientemente. Mientras más preguntas fallara el “voluntario” pasivo, mayor era la intensidad del dolor provocado. Para ello, los actores se esforzaban por convencer a los voluntarios reales, los voluntarios “activos”, de que estaban experimentando un dolor crecientemente mayor cada vez que ellos activaban el switch.
El sufrimiento que eran capaces de provocar en otro supuesto voluntario culminaba con la muerte. En otras palabras, el rol de meros activadores de un interruptor cada vez que escucharan una respuesta incorrecta devino en un rol de torturadores y, eventualmente, en el de asesinos.
¿Cómo fue posible?
Cada vez que, durante el experimento fingido, formularon reparos motivados por la formidable actuación de los actores, fueron conminados a continuar con el experimento. Fueron conminados a obedecer.
Cada vez que el voluntario expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:
- - ¡Continúe, por favor!
- - ¡El experimento requiere continuar!
- - ¡Es absolutamente esencial que usted continúe!
- - ¡Usted no tiene opción alguna! ¡Debe continuar!
Si después de esta última frase el voluntario se negaba a continuar, se paraba el experimento.
El desconcierto de Milgram fue enorme, ya que las personas reaccionaron de manera absolutamente inesperada, aunque mayoritaria: el 65% de los sujetos que participaron como "voluntarios" en el experimento administraron el voltaje límite de 450 voltios –cosa inesperada- a sus contrapartes pasivas, aunque a muchos les provocase hacerlo en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, por ejemplo, que era el límite en el que el voluntario pasivo dejaba de dar señales de vida.
Otros sicólogos, de diversas partes del mundo, llevaron a cabo variantes de la prueba con resultados similares.
¿Qué tal? ¿Todavía te seduce escandalizarte por los diversos hitos contemporáneos que hablan de fanatismo ciego y obediencia debida? Piensa en Hitler, Stalin, Fidel, Pinochet, Barbie, Milosevic, Atila, Papadopulos o Farías.
Piensa en ti mismo: ¿eres obediente?












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